Educarse es un acto de libertad; los pueblos y los individuos que han logrado hacer del desarrollo humano práctica común, es porque han podido convertir a la educación en la vía para adquirir conocimientos y habilidades y en la ruta para entrenar la mente y el espíritu al cambio, a la transformación, a la evolución.
Lo que más amenaza a quienes pretender monopolizar el bienestar y las expectativas es precisamente la educación de la masa social, ya que están conscientes de que la mejor manera de vasallaje es la ignorancia.
México ha intentado a lo largo de su historia, sin lograrlo plenamente, que los costosos movimientos sociales que ha vivido no concluyan en la mutación de un grupo de poder por sobre otro, de unos intereses por sobre otros, para convertirse en realidad en el principio de una más equitativa redistribución del poder.
Y la base de esa lucha ha estado y sigue estando precisamente en la capacidad para hacer de la educación la mayor prioridad y en la de convertirla no en un instrumento para reproducir valores preestablecidos sino en el principio transformador de las relaciones sociales y sustento eficaz de las expectativas individuales y sociales.
De manera privilegiada, nos toca presenciar el nacimiento de un movimiento revolucionario, exento de derramamiento de sangre y sin tener banderías predefinidas, que no depende ni de los Estados ni de los grupos de poder a ellos asociados o con ellos confrontados, y frente al cual se carece de todo referente, y ese es precisamente el nacimiento de la Internet a fines de los 80 y que cambia no solo la manera de ver y de verse en el mundo, sino que abre las puertas del conocimiento de par en par, a todos y sin límite de tiempo.
El conocimiento deja entonces de ser patrimonio de quienes lo producen y su socialización abandona las aulas y los sistemas educativos para situarse en prácticamente cualquier espacio, con lo cual se establece una nueva frontera, esta sí irreversible entre las sociedades: las que formarán parte de la era del conocimiento y las que no.
Fue ese tiempo cuando, conscientes de que la educación mexicana estaba adormilada y rezagada, iniciamos una lucha para transformarla y para lo cual teníamos que provocar una enorme movilización social y de voluntades e intereses hacia allá dirigidos.
Encontrar convergencias; involucrar a todo el cuerpo social y político; privilegiar las coincidencias por encima de las diferencias, todo ello indispensable para la transformación de la educación, tendría que sustentarse en un despliegue eficiente de la política democrática ya que es a través de ella como resulta viable moverse de un sitio cómodo a otro ciertamente impredecible.
Desde entonces y más ahora, nos empeñamos en negociar, en concertar, en pactar, en hacer política democrática ya que lo que se busca es la profunda transformación de la educación nacional a efecto de que se mueva en la dirección que la historia señala y las necesidades sociales exigen.
No hagamos de la acción, motivo de queja; avergoncémonos sí de la inacción, de las resistencias que, presentadas como dogmas, se convierten en la nueva ignorancia de la cual estamos empeñados en salir a partir de la hazaña cotidiana y colectiva de hacer de la exploración y de la duda la ruta hacia el conocimiento y hacia la libertad.
Lo que más amenaza a quienes pretender monopolizar el bienestar y las expectativas es precisamente la educación de la masa social, ya que están conscientes de que la mejor manera de vasallaje es la ignorancia.
México ha intentado a lo largo de su historia, sin lograrlo plenamente, que los costosos movimientos sociales que ha vivido no concluyan en la mutación de un grupo de poder por sobre otro, de unos intereses por sobre otros, para convertirse en realidad en el principio de una más equitativa redistribución del poder.
Y la base de esa lucha ha estado y sigue estando precisamente en la capacidad para hacer de la educación la mayor prioridad y en la de convertirla no en un instrumento para reproducir valores preestablecidos sino en el principio transformador de las relaciones sociales y sustento eficaz de las expectativas individuales y sociales.
De manera privilegiada, nos toca presenciar el nacimiento de un movimiento revolucionario, exento de derramamiento de sangre y sin tener banderías predefinidas, que no depende ni de los Estados ni de los grupos de poder a ellos asociados o con ellos confrontados, y frente al cual se carece de todo referente, y ese es precisamente el nacimiento de la Internet a fines de los 80 y que cambia no solo la manera de ver y de verse en el mundo, sino que abre las puertas del conocimiento de par en par, a todos y sin límite de tiempo.
El conocimiento deja entonces de ser patrimonio de quienes lo producen y su socialización abandona las aulas y los sistemas educativos para situarse en prácticamente cualquier espacio, con lo cual se establece una nueva frontera, esta sí irreversible entre las sociedades: las que formarán parte de la era del conocimiento y las que no.
Fue ese tiempo cuando, conscientes de que la educación mexicana estaba adormilada y rezagada, iniciamos una lucha para transformarla y para lo cual teníamos que provocar una enorme movilización social y de voluntades e intereses hacia allá dirigidos.
Encontrar convergencias; involucrar a todo el cuerpo social y político; privilegiar las coincidencias por encima de las diferencias, todo ello indispensable para la transformación de la educación, tendría que sustentarse en un despliegue eficiente de la política democrática ya que es a través de ella como resulta viable moverse de un sitio cómodo a otro ciertamente impredecible.
Desde entonces y más ahora, nos empeñamos en negociar, en concertar, en pactar, en hacer política democrática ya que lo que se busca es la profunda transformación de la educación nacional a efecto de que se mueva en la dirección que la historia señala y las necesidades sociales exigen.
No hagamos de la acción, motivo de queja; avergoncémonos sí de la inacción, de las resistencias que, presentadas como dogmas, se convierten en la nueva ignorancia de la cual estamos empeñados en salir a partir de la hazaña cotidiana y colectiva de hacer de la exploración y de la duda la ruta hacia el conocimiento y hacia la libertad.
Elba Esther Gordillo
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